Desde la noche que me cubre,
negra como el Averno,
de polo a polo,
agradezco a los dioses que sea
mi alma inconquistable.
En las crueles garras
de las circunstancias,
no he retrocedido ni gritado “¡alto!”.
Bajo los golpes de la suerte,
mi cabeza está sangrando,
pero erecta.
Más allá de este sitio de ira y lágrimas,
solo asoma el horror de la sombra,
y, aun así, la amenaza de los años,
me encuentra y encontrará sin temor.
No importa
que la puerta sea estrecha,
ni cuántos castigos
se me hayan destinado,
pues soy el dueño de mi destino
y el capitán de mi alma.
negra como el Averno,
de polo a polo,
agradezco a los dioses que sea
mi alma inconquistable.
En las crueles garras
de las circunstancias,
no he retrocedido ni gritado “¡alto!”.
Bajo los golpes de la suerte,
mi cabeza está sangrando,
pero erecta.
Más allá de este sitio de ira y lágrimas,
solo asoma el horror de la sombra,
y, aun así, la amenaza de los años,
me encuentra y encontrará sin temor.
No importa
que la puerta sea estrecha,
ni cuántos castigos
se me hayan destinado,
pues soy el dueño de mi destino
y el capitán de mi alma.
William Ernest Henley